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martes, 7 de julio de 2015

Primero me doy cuenta y luego intento cambiar...

Quiero compartir este escrito de Laura Gutman. Va dedicado a las mamas y papas pero yo lo extendería a nuestras parejas, amigos, familiares...

Siempre podemos mejorar y hacer las coses de otro modo. El cambio SIEMPRE es posible. Lo único que hace falta es darnos cuenta de aquello que no nos gusta de nuestro comportamiento, reconocerlo y lo más importante, disculparnos... Sólo aceptándonos a nosotros mismos tal y como realmente somos hoy podremos empezar a cambiar aquello que no nos gusta tanto. El cambio empieza por la aceptación. Cuando nos damos cuenta y nos aceptamos ya tenemos la puerta abierta para todo posible cambio.

Un día cualquiera aparece un maestro, un libro, un amigo o un pensamiento que cambia el curso de nuestras arraigadas creencias. Dentro de ese viraje personal, lo que hemos hecho con nuestros hijos ya no nos gusta. Hoy no haríamos lo mismo. Nosotros hemos cambiado. Pero lo que no podemos cambiar es el pasado.
Pues bien, llegó el momento de reconocer que ya no nos cabe en nuestro ser interior una modalidad antigua, basada en el prejuicio o el miedo. Tal vez hemos sido demasiado exigentes con nuestros niños, creyendo que hacíamos lo correcto pero alejados de nuestros sentimientos amorosos. Quizás los hemos maltratado sutilmente. Les hemos mentido y hoy son poco confiados. Hemos menospreciado sus sentimientos. Hemos exigido obediencia y nos han respondido con rebeldía. Hemos hecho oídos sordos a sus reclamos y ahora ellos no nos escuchan a nosotros.
Han pasado los años y querríamos rebobinar la vida como una película para hacer las cosas de otro modo. Pues bien, hay algo que sí es posible hacer hoy: darnos cuenta. Luego, hablar sobre ello con nuestros hijos. Incluso si tienen dos años. O cinco. O catorce. O veintiséis. O cuarenta. O sesenta años. Poco importa. Nunca es tarde. Siempre es el momento adecuado cuando humildemente generamos un acercamiento afectivo para hablar de algún descubrimiento personal, de un anhelo, de un deseo o de nuevas intenciones. Para un niño pequeño es alentador escuchar a su madre o a su padre pedirle disculpas, comprometiéndose a ofrecer mayor cuidado y atención. Para un adolescente, es una extraordinaria oportunidad, hablar con alguno de sus padres en una intimidad respetuosa nunca antes establecida entre ellos. Para un hijo o hija adultos, es una puerta abierta para formularse preguntas personales. Para un hijo maduro, es tiempo de confort y de profunda comprensión de los ciclos vitales.
Cualquier instante puede ser la ocasión perfecta para compartir el cambio que uno ha decidido asumir. No hay lección más virtuosa que compartir con los hijos el “darse cuenta” y la intención, la firme intención de devenir cada día mejores personas. Definitivamente, para un hijo es extraordinario encontrarse con la sencilla y blanda humanidad de los padres que buscan su destino, cada día.
Laura Gutman

jueves, 11 de junio de 2015

Artículo de Laura Gutman.

Desde que empecé la formación con Laura Gutman y hago supervisón de casos mensuales me he dado cuenta que los acompañantes y terapeutas si somos un poco como los detectives... Hay que ver el escenario completo para poder llegar a comprendernos mejor hoy, aquí y ahora y poder llegar a hacer esos cambios tan deseados. Y ese proceso es difícil, en ocasiones, hacerlo solo. Me apasiona acompañar a mis consultantes utilizando la Biografia Humana a demás de la Gestalt.

Un abrazo mamas conscientes. 




El oficio de detectives


Estoy evaluando cambiar el nombre de mi escuela: creo que en poco tiempo se llamará “Escuela de Detectives”. Porque pretendo enseñar cómo encontrar huellas fehacientes que den cuenta de la realidad del territorio emocional de los individuos. Estamos tan acostumbrados a tener interpretaciones para cada cosa, que esta propuesta es sumamente compleja. Sobre todo porque cada uno de nosotros carga con una mochila de discursos engañados y una lente empañada por el guión de nuestro propio personaje. Pero si no aprendemos a mirar lo que hay sin agregar nuestros juicios…nunca arribaremos a la verdad.

La realidad es la realidad. Cada escenario propone ciertas escenas que pueden jugarse y desecha otras que sería imposible que se plasmen. Para ello, tenemos que escuchar poco. Entiendo que este oficio de investigar en las vidas emocionales de las personas preguntando poco y ordenando mucho, requiere entrenamiento y una alta cuota de intuición. También es necesario acceder al conocimiento de muchas, muchísimas instancias de la vida humana. Sería óptimo que los profesionales hayamos atravesado por diversas experiencias personales en el amor y el desamor, que hayamos traspasado fronteras culturales, ideológicas y morales, que hayamos interactuado en diferentes ámbitos y que seamos abiertos y permeables. Porque los individuos que consultan pueden ser muy diferentes a nosotros y tenemos que ser capaces de comprender las lógicas de esos escenarios completos aunque no tengan nada que ver con nuestra idiosincrasia o nuestra manera de vivir. Nuestra tarea se basa en encontrar el hilo dentro de una probada cronología con un sentido lógico, percibiendo la totalidad de un individuo incluyendo su pasado, su presente y su probable futuro, en un permanente movimiento de “zoom”. Observemos que si escucháramos todo aquello que el consultante dice, no podríamos acceder al panorama real. La realidad debe gobernar.

¿Las personas cambian después de atravesar un proceso de construcción de su biografía humana? No siempre. Tampoco nos compete. ¿Qué pasa si el consultante se encuentra con algo que no le gusta de sí mismo? No pasa nada. Es adulto. Puede interesarse en esta nueva mirada sobre sí mismo que le acerca parte de su verdad interior, o puede no querer tocar estos aspectos. ¿Qué más tenemos que hacer los detectives? Terminar nuestra tarea sin pretender que nadie haga lo que nosotros consideramos positivo, saludable o beneficioso.
Laura Gutman.
Si usted quiere leer y reenviar el artículo en portugués, haga clic aquí

domingo, 22 de febrero de 2015

La escuela ¿sirve? Por Laura Gutman.

La escuela ¿sirve?

Todos compartamos un altísimo respeto por la educación escolar y pretendemos enviar a nuestros hijos a la “mejor escuela”. Pero ¿Qué significa la “mejor escuela”? Aquella en la que “aprenda más”. ¿Qué debería aprender? Inglés, claro, sin inglés no irá a ninguna parte. Y computación, para conseguir  trabajo. Y matemáticas. También consideramos una “buena escuela” aquella donde “hay muchísimas actividades”  Aunque por debajo de los propósitos bienintencionados hay otra realidad: el niño debe estar en algún lugar todo el día porque la madre y el padre, -si es que hay uno- trabajamos. ¿Quién lo cuidaría? No hay otros adultos disponibles. Además todos los niños van a la escuela. Es decir, que una cuestión muy importante es la organización social: los niños van a la escuela mientras los padres trabajamos.
¿A nuestros hijos les gusta ir a la escuela todas las mañanas? ¿Van felices y piden por favor que los llevemos? ¿No? ¿Entonces por qué los llevamos? ¿Porque nosotros lo hemos pasado peor que ellos y ahora es nuestra revancha?
Justificaremos diciendo que si un niño no va a la escuela, no encontrará a otro niño en ninguna parte.  Esa necesidad de que los niños se relacionen con sus pares, es algo que hemos delegado en la escuela aunque no es su función.  Ahora bien, a mayor tiempo pasado en la escuela, menor tiempo pasado en casa. Esto significa que el niño tendrá menos tiempo de intimidad familiar, menos juego, menos contacto cariñoso con sus padres o hermanos. En este punto ya tenemos al niño en peores condiciones emocionales.
Y pensando en el maestro ¿a alguien le importa qué capacidades emocionales tiene para abordar a los niños en toda su dimensión? ¿La escuela se ocupa de formarlo dentro del abanico del conocimiento humano, de la psicología y la espiritualidad? ¿Un maestro puede estar a cargo de un grupo de niños sólo por saber matemáticas o inglés? ¿Por qué delegamos el acceso al saber, la educación y los valores morales en personas que apenas conocemos?
Qué lío. Sin embargo, ¿nos arriesgaríamos  a imaginar una  escuela creativa, adaptada a las necesidades reales de cada niño; alegre, divertida, donde cada uno sea invitado a  desarrollar sus mejores virtudes?  ¿Sería tan difícil enseñar aquello que nos apasiona en lugar de enseñar aquello que es obligatorio? ¿Somos capaces de aprender de los niños? ¿Nos atrevemos a respetar a los niños, incluso si no hemos sido respetados? ¿Podemos sanar esa rabia hoy, haciendo el bien a los demás? ¿Nos interesa construir un mundo donde ir a la escuela sea tan bonito, alegre y saludable como ir de paseo? Qué mundo…qué mundo sería ese, con escuelas repletas de niños felices. Qué inteligentes y sabios serían.
Laura Gutman

viernes, 9 de enero de 2015

Laura Gutman: Buenas noticias para el 2015


Todos los seres humanos nacemos amorosos.
De hecho quienes hemos tenido la oportunidad de observar a un recién nacido en brazos de su madre mamando la leche tibia, hemos constatado que no hay ojos más enamorados que los de un bebe en estado de bienestar. Es una mirada colmada de amor y pureza.
¿Qué necesitaría cada niño para permanecer en ese estado de bienestar? Una madre que haya tenido la misma experiencia durante su niñez…y que por lo tanto sienta la espontánea necesidad visceral de permanecer con su hijo en brazos aunque el mundo externo desaparezca, dejándose succionar por la fluidez y la intensidad del amor que el niño pequeño reclama. Pero para que esa madre no se cuestione la zambullida sensorial hacia la dimensión fusional del recién nacido ni calcule racionalmente los asuntos relativos al mundo externo dejándose transportar por la fuerza de su propia naturaleza; tiene que haber tenido –a su vez- una madre que haya vivido las mismas experiencias de despojo del universo racional y se haya lanzado a maternar en ese entonces a esa niña hoy devenida madre. Y así, muchas generaciones de mujeres antepasadas maternando espontáneamente a sus hijos en un encadenamiento de sabiduría femenina transmitido desde las entrañas.
Aceptemos que a ninguno de nosotros nos ha sucedido “eso”. Ni nuestras madres se despojaron de sus propias creencias ni nuestras abuelas contactaron con su libertad interior. Todo lo contrario. Sin ir más lejos en la línea genealógica ascendente, sabemos que el nivel de represión, autoritarismo, violencia o rigidez han sido moneda corriente por parte de nuestras familiares. Por lo tanto nosotros no hemos rozado esas experiencias de amor altruista siendo niños y luego –en el caso de las mujeres- será difícil hacer algo diferente si alguna vez tendremos hijos.
Un obstáculo frecuente para comprender qué es lo que nos ha sucedido, es que nuestra civilización patriarcal no conserva testimonios de civilizaciones precedentes. La humanidad existe hace cientos de miles de años sin embargo el acceso al conocimiento de la historia de otros grupos humanos en otras culturas y regiones del planeta es muy limitado. Al menos sepamos que hay una historia anterior al Patriarcado que no estaba basada en las conquistas sino en la solidaridad. Hubo sociedades antiguas organizadas bajo modalidades muy diferentes a la nuestra que contaban con Deidades hembras. Es lógico que la más primitiva representación del poder divino haya sido femenina ya que los seres humanos habían observado que la vida emergía del cuerpo de una mujer. Siguiendo la misma lógica difícilmente en esas sociedades antiguas las mujeres hayan dominado a los hombres, simplemente porque el concepto de dominación no estaba circulando aún. La cuestión es que tenemos un acceso intelectual muy limitado por fuera de la lógica de dominación. Por eso -a falta de referentes confiables de civilizaciones diferentes a la nuestra- prefiero remitirme a la evidencia más confiable de todas: los bebes tal como llegamos al mundo.
De hecho todos los niños nacemos iguales: capaces de amar. Y desarrollaremos esa capacidad de amar siempre y cuando recibamos cuidados similares a la experiencia dentro del útero materno y –a medida que crecemos- recibamos la calidad de amparo, atención y comprensión que nuestras necesidades naturales requieren. Los niños estamos conectados con nuestra propia naturaleza que es la naturaleza de todo ser humano.
Pienso que esa es la mejor noticia para un nuevo año. Los adultos podemos volver a empezar –en el área que sea- gracias a cada nuevo niño que nace, el propio o el ajeno. Podemos –a través de la humanidad de cada niño- reconectar con nuestra propia naturaleza y recuperar el propósito de nuestra vida.
Laura Gutman

martes, 23 de diciembre de 2014

Laura Gutman

El instinto de apego hacia la criatura

   

Es imposible que una criatura humana reclame algo que no necesita. Solo los adultos que hemos vivido la crueldad siendo niños, podemos tener el corazón tan frío al punto de sostener que un niño no tiene derecho a recibir aquello que genuinamente está reclamando. Estamos hablando de una abrumadora realidad colectiva: nos han robado nuestras infancias y ahora nos dedicamos a robar las infancias de quienes son niños hoy.

No vale la pena estudiar la teoría del apego. Es evidente que todo niño humano nace de un vientre materno y anhelará permanecer en un territorio similar. Esto es intrínseco a todas las especies de mamíferos. El verdadero problema es que las madres humanas -quienes hemos sido criadas en el vacío afectivo- hemos anestesiado en el pasado nuestras necesidades afectivas para no sufrir,distorsionando ahora nuestro instinto espontáneo de apego hacia la criatura recién nacida. Ese es -desde mi punto de vista- el verdaderodesastre de nuestra civilización.

Si las mujeres sintiéramos la necesidad de no separarnos de nuestra cría, nadie podría imponernos ese alejamiento. Pero para lograr ese acercamiento tan íntimo, es imprescindible abordar la realidad vivida durante nuestra primera infancia. Las buenas intenciones no son suficientes. Precisamos un registro consciente que nos habilite a sumergirnos en ese pantano de dolor antiguo, sabiendo que esos registros del pasado son del pasado y que hoy tenemos otros recursos para confrontar con el desamor de nuestra infancia.

¿Por qué afirmaríamos alegremente que no hemos sido suficientemente maternados si los recuerdos que conservamos de nuestra infancia son felices? Porque hoy no toleramos la demanda “excesiva” de nuestros bebes. ¿”Excesiva” respecto a qué?. A nuestra necesidad infantil de ser colmados en primer lugar. Todos estos conceptos han sido descritos en mis libros ya publicados. Sin embargo no nos sientan bien, sobre todo cuando hacemos grandes esfuerzos para dar a nuestros hijos “todo”. ¿Qué más? No se trata de darles algo más, ni de ofrecer una crianza perfecta. No. Se trata de abordar y recorrer con valentía la distancia entre lo que esperábamos al llegar al mundo y aquello que nos sucedió en términos de maternaje. La diferencia entre nuestro ser esencial y el mecanismo de supervivencia emocional. El abismo entre el fuego interno y el personaje.

Laura Gutman.
 

domingo, 16 de noviembre de 2014

Entrevista a Laura Gutman.

Impresionante entrevista a Laura Gutman. Como me gusta esta mujer, madre, escritora y terapeuta.
Nos habla de varios de sus libros además de comentar el por qué hay niños que enferman más que otros, sobre la fusión emocional, la violencia física y psicológica, sobre el por qué hay niños que quieren ver más tele, si la tele es un "buen" canguro (me encanta lo que dice al respecto y de hecho yo lo he comentado en varios artículos), el personaje aprendido, el discurso engañado de mamá o papá, los mecanismos de defensa, la falta de maternaje, las horas eternas de cole, los juguetes, sustitutos de nuestra presencia, la necesidad de presencia para ser uno mismo, el reconocimiento de la mujer trabajadora y no el de la mujer madre, decir "no", la complacencia, los limites, las rabietas, las enfermedades (el cáncer), nuestro niño interior, los miedos, la seguridad... El mensaje final es lo más bello de toda la entrevista cuando comenta que "nunca es tarde" (a mi personalmente, me emocionó) y el qué deberíamos decirle a una madre recién con su bebe.

Os pido que compartís este post con quien penséis le pueda hacer bien. Muchas mamas necesitamos oír lo que Laura tiene que decirnos. Compartirlo puede ser un excelente regalo.



Aquí os dejó esta otra entrevista de Laura Gutman que publiqué en mi web: HAZ CLICK AQUÍ

martes, 26 de agosto de 2014

No hay nada más reparador que la verdad. Por Laura Gutman.


El nieto de Estela de Carlotto decidió tomar en cuenta el llamado de su propia alma infantil que sabía desde tiempos remotos que era hijo de una madre y un padre desaparecidos. Al menos sabía que sus padres de crianza le habían ocultado algo esencial de su sí mismo.
Si todos nosotros con nuestros sufrimientos a cuestas pudiéramos seguir el llamado de nuestro niño interno que nos envía señales claras, y si nos otorgáramos la posibilidad de constatar que el acceso a la verdad no puede lastimar a nadie, por más que el “yo engañado” de nuestros padres o de nuestros seres queridos supongan que hay algo que no debe decirse; entonces sabríamos que la verdad siempre cura, siempre sana, siempre genera amor y compasión por el prójimo.
No hay nada más reparador que la verdad. Y nada más depredador que la mentira, el ocultamiento o la tergiversación de la realidad.
En la medida en que seamos más los individuos que buscamos nuestra verdad y que miramos con ojos abiertos las realidades de las que provenimos –por fuera de las interpretaciones, las convenciones o lo correcto- se hará presente una fuerza verdadera que contagiará a los demás. Así serán tocados por una varita mágica los más de cuatrocientos nietos argentinos que saben que son hijos de desaparecidos -porque todo su ser lo grita y el alma del niño que han sido se los recuerda-. Sin embargo ellos necesitan la habilitación de todos nosotros, hombres y mujeres viviendo en el seno de nuestra verdad, para saber que nada peor les puede pasar. La verdad nos cuida a unos y a otros. Nos organiza. Nos alivia. Y nos abre las puertas de nuestro propio paraíso terrenal.
Laura Gutman

lunes, 9 de junio de 2014

Artículo de Laura Gutman.

La vida en familia
La familia “tipo” es un invento bastante reciente en términos históricos: Mamá, papá, nena, nene, perro y gato. Hasta hace dos generaciones, era más usual vivir en familias extendidas (abuelos, tíos, cuñados, primos) es decir, en pequeñas comunidades. Por supuesto, tampoco eran garantía de felicidad ni mucho menos. Sobre todo porque estaban tan atravesadas como nosotros por mentiras, engaños, represión sexual, falsa moral religiosa, autoritarismo y violencia de todo tipo. Quiero decir que el problema no es encontrar el modo perfecto de constituir una familia; sino la decisión de cada individuo adulto de emprender el camino de la búsqueda de su sí mismo, de su sombra, para ser consciente de aquello que su entorno precisa de él.

¿Los “nuevos modelos” de familia son mejores o peores? No creo que haya un “modelo” confiable. No importa si los niños tienen padres divorciados, padres del mismo sexo, madre que los cría sola, familias ensambladas, medios hermanos de varios matrimonios de mamá o papá o si los cría una tía abuela. A los niños lo único que les importa es recibir cuidado, comprensión, dedicación, tiempo, disponibilidad, escucha y aceptación.

Desde el punto de vista de los niños, necesitan padres que nos cuestionemos permanentemente, que nos hagamos preguntas, que exploremos en nuestro interior, que seamos honestos con nosotros mismos, que estemos en permanente búsqueda personal. Porque sólo entonces sabremos acompañar a nuestros hijos a cuestionarse y sentir desde sus entrañas, a indagarse y a seguir los dictados de sus corazones. Sostenidos por ese entrenamiento cotidiano de mirar hacia adentro, sabremos observar a cada niño en su especificidad, en su originalidad y seremos capaces de acompañar y apoyar lo que sea que ese hijo busque. No se me ocurre algo más noble para permitir el despliegue y la superación de cada hijo por parte de los adultos a cargo. El equilibrio familiar se logrará cuando sepamos que los niños llegan al mundo para ser amados, no para complacernos.
Laura Gutman.
Si usted quiere leer y reenviar el artículo en portugués, haga clic aquí

lunes, 10 de marzo de 2014

Sobre la crueldad por LAURA GUTMAN.

Todos los seres humanos nacemos amorosos. Llegamos al mundo necesitados de amor pero también siendo capaces de amar, sólo si nuestras necesidades básicas han sido satisfechas. Todos los niños -si somos amparados, cuidados, atendidos, acariciados y protegidos- nos sentiremos seguros. Esa seguridad nos permite luego desplegar nuestro amor.

Ahora bien, si no somos protegidos ni cuidados, aumentaremos las alertas (ya que los depredadores pueden lastimarnos) y por otro lado reaccionaremos contra cualquier movimiento o situación que pueda desestabilizarnos. Es lógico, ya que desde nuestra vivencia –siendo niños pequeños- el entorno es hostil, peligroso y amenazante. No nacimos preparados para la desprotección ni para el desierto emocional, de hecho esas experiencias las vivimos con enorme desilusión. Al contrario, hemos nacido dependientes de los cuidados maternos. Pero si quienes debían nutrirnos y protegernos nos han abandonado a nuestra suerte dando prioridad a sus propias necesidades, comprenderemos que en este mundo se salva el más grande y el más fuerte.

A medida que crecemos -si las condiciones de amparo y protección no mejoran- en lugar de entrenarnos en el amor, vamos afinando estrategias parecidas a las utilizadas por los mayores que debían amarnos, para asegurarnos la supervivencia. De los adultos hemos aprendido que en la medida que lastimamos a alguien más débil, tendremos más chances para sobrevivir.

Eso se llama crueldad.

Primero la necesidad y luego la costumbre de aprovechar la debilidad del otro para fortalecernos y procurar nuestro propio resguardo, intentando garantizarnos el control para que nunca más puedan hacernos daño. Es tal el miedo y la desconfianza que estamos preparados para humillar, desactivar la estima y desmerecer al otro, sobre todo si somos más grandes.

La crueldad la usamos siendo niños, siendo adolescentes, luego jóvenes y luego adultos maduros. Es un tema de supervivencia emocional.

¿De quienes estamos hablando?

De cada uno de nosotros. ¿Pero acaso no es exagerado? Escuchemos qué es lo que dicen quienes son niños hoy, y cómo se sienten tratados por nosotros: madres y padres.
 
Laura Gutman

miércoles, 12 de febrero de 2014

Del auto-engaño al engaño colectivo por Laura Gutman.

Todo nuestro sistema de creencias se organiza durante nuestra infancia, basado en las palabras nombradas por las personas más influyentes afectivamente. La mayoría de las veces esa persona ha sido nuestra mamá. Lógicamente todo eso que mamá nombró, estuvo teñido por el punto de vista desde el cual ella observaba y comprendía la vida. Luego crecemos… pero las interpretaciones, los recuerdos y las opiniones que emitimos, suelen seguir la línea establecida desde tiempos remotos. Podemos decir que casi todos los individuos crecemos usando una “lente prestada”. ¿Cómo sería una lente propia? Para que se haya organizado, deberíamos haber contado con adultos conscientes y dispuestos a observarnos y a preguntarnos a cada instante, acompañándonos en el despliegue de nuestros procesos afectivos íntimos.

La cuestión es que el auto engaño es muy habitual. Simplemente hemos crecido creyendo que somos “eso” que mamá ha nombrado: El más bueno, el más valiente, el más maduro, el más tonto o el más molesto. Luego disponemos nuestros escenarios desde esas miradas parciales, es decir incompletas.

¿Cómo podríamos superar esos auto engaños? En principio, aceptando las voces de los demás, sobre todo de quienes observan el territorio desde puntos de vista bien diferenciados. Porque no se trata de quien tiene razón, sino de ampliar la mirada.
Esto que ocurre habitualmente en nuestras vidas privadas, se plasma de manera análoga a escala social. Las comunidades somos la suma de muchos individuos -quienes incluso cuando las realidades internas, las experiencias y los sentimientos nos conduzcan a otro lugar- preferimos defender nuestras creencias engañadas y alejadas de nuestro ser esencial. Es automático. Por lo tanto, entre todos organizamos comunidades fáciles de engañar. Sostenemos ejércitos de personas aferradas a cualquier creencia dicha por alguien en quien delegamos poder y a quien no estamos dispuestos a contrariar. Como a mamá.

Por eso descreo de las transformaciones sociales si no vienen entrelazadas con procesos individuales comprometidos con nuestra realidad interior. Necesitamos abrir el juego. Precisamos no concordar ni alinearnos con nadie, revisando los estragos de esa lealtad emocional organizada durante nuestra primera infancia. ¿Por qué lo haríamos? Porque ya no somos niños. En cambio seguir creyendo fielmente cualquier cosa dicha con carácter y decisión, nos deja con las manos atadas. Es muy fácil engañar a sociedades enteras, cuando la mayoría de quienes somos adultos hoy nos hemos alineado ciegamente a los deseos de mamá. Cualquier político lo sabe.

Laura Gutman

miércoles, 29 de enero de 2014

Articulo de Laura Gutman.

Un día cualquiera aparece un maestro, un libro, un amigo o un pensamiento que cambia el curso de nuestras arraigadas creencias. Dentro de ese viraje personal, lo que hemos hecho con nuestros hijos ya no nos gusta. Hoy no haríamos lo mismo. Nosotros hemos cambiado. Pero lo que no podemos cambiar es el pasado.
 
Pues bien, llegó el momento de reconocer que ya no nos cabe en nuestro ser interior una modalidad antigua, basada en el prejuicio o el miedo. Tal vez hemos sido demasiado exigentes con nuestros niños, creyendo que hacíamos lo correcto pero alejados de nuestros sentimientos amorosos. Quizás los hemos maltratado sutilmente. Les hemos mentido y hoy son poco confiados. Hemos menospreciado sus sentimientos. Hemos exigido obediencia y nos han respondido con rebeldía. Hemos hecho oídos sordos a sus reclamos y ahora ellos no nos escuchan a nosotros.
 
Han pasado los años y querríamos rebobinar la vida como una película para hacer las cosas de otro modo. Pues bien, hay algo que sí es posible hacer hoy: darnos cuenta. Luego, hablar sobre ello con nuestros hijos. Incluso si tienen dos años. O cinco. O catorce. O veintiséis. O cuarenta. O sesenta años. Poco importa. Nunca es tarde. Siempre es el momento adecuado cuando humildemente generamos un acercamiento afectivo para hablar de algún descubrimiento personal, de un anhelo, de un deseo o de nuevas intensiones. Para un niño pequeño es alentador escuchar a su madre o a su padre pedirle disculpas, comprometiéndose a ofrecer mayor cuidado y atención. Para un adolescente, es una extraordinaria oportunidad, hablar con alguno de sus padres en una intimidad respetuosa nunca antes establecida entre ellos. Para un hijo o hija adultos, es una puerta abierta para formularse preguntas personales. Para un hijo maduro, es tiempo de confort y de profunda comprensión de los ciclos vitales.
 
Cualquier instante puede ser la ocasión perfecta para compartir el cambio que uno ha decidido asumir. No hay lección más virtuosa que compartir con los hijos el “darse cuenta” y la intención, la firme intención de devenir cada día mejores personas. Definitivamente, para un hijo es extraordinario encontrarse con la sencilla y blanda humanidad de los padres que buscan su destino, cada día.
 
Laura Gutman

domingo, 11 de agosto de 2013

Artículo de Laura Gutman.

La prosperidad universal
La humanidad evoluciona cuando intercambiamos capacidades, recursos, ideas, aprendizajes y experiencias. Nos parecemos a las hormigas: tenemos un cerebro colectivo y cuando “lo usamos”, todos aprovechamos los aciertos y desaciertos del prójimo. En cambio cuando el “miedo” funciona como escudo contra lo desconocido, los individuos (o las comunidades) nos encerramos en nuestras propias ideas y así, involucionamos. De hecho a lo largo de la historia, las épocas menos prósperas han sido aquellas en las que los individuos nos hemos recluido en conceptos rígidos o alejados del intercambio con lo diferente.

A escala individual pasa lo mismo. O nos encerramos en “lo conocido” y ahí permanecemos agazapados y temerosos…o decidimos “indagar” más allá. Abordar la construcción de una biografía humana es un comienzo posible. ¿Es importante la vida de un solo individuo? Para cada uno no hay nada más importante que la propia vida. Pero más interesante aún es pensar que “somos parte” de ese cerebro colectivo. Para ello, podemos observar el devenir de la historia de los seres humanos, las diferentes civilizaciones y los desafíos que hemos utilizado para sobrevivir encontrando un propósito transcendental. También podemos averiguar cómo hemos nacido en otros milenios, cómo ha sido nuestra relación con el universo, cómo hemos adorado a nuestros dioses, cómo hemos obtenido alimento y confort, cómo hemos amado, cómo hemos entendido el más allá o cómo hemos usado los recursos de la tierra.

Con una “lente” tan ampliada, nos daremos cuenta que proponer a un individuo un recorrido por su biografía humana, no tiene que ver con encontrar soluciones puntuales a hechos de su vida cotidiana. Tampoco significa que va a resolver cómo destetar a su hijo, o que va a poder salvar su matrimonio o que logrará aumentar su alegría de vivir. No. Eso es una nimiedad. Cada biografía humana tiene que devolverle al individuo una mirada amplia, abierta, global y trascendente de su sí mismo. Y sobre todo, esta indagación habrá valido la pena cuando ese individuo tenga la certeza de que su nuevo “saber” opera en beneficio del bien común. Por eso, quienes queremos revisar nuestra biografía humana, tenemos que saber que el fin no es el bienestar de un solo individuo. Sino que el objetivo descansa en la prosperidad universal. Conocerse a sí mismo sirve para que el conocimiento universal crezca. Recordemos que el propósito siempre es mayor.
Laura Gutman.

jueves, 1 de agosto de 2013

La influencia de nuestra infancia.

La propia infancia
Alguna vez tendremos que reconocer la infancia real que hemos experimentado. Especialmente la distancia que hay entre aquello que nos aconteció y aquello que creemos recordar. El nivel de desamparo, soledad, desarraigo, violencia, abuso, mentiras, engaños, castigos o incomprensión al que hemos estado sometidos, va a marcar a fuego el modo en que hemos logrado sobrevivir en términos emocionales. Si no tenemos un panorama claro sobre las experiencias de nuestra niñez, difícilmente podamos comprender aquello que nos acontece hoy en día. Es indispensable que recordemos exactamente qué es lo que nuestra madre esperaba de nosotros. Qué hemos hecho con tal de ser amados. Hasta qué punto hemos entregado nuestros tesoros para satisfacción de los mayores. Precisamos registrar sensaciones sutiles, anhelos, fantasías, miedos o sueños inalcanzables para abordar una parte de ese niño que fuimos y del que hoy casi no quedan huellas. ¿Qué pasa si no tenemos ningún recuerdo? Es frecuente. El olvido es un recurso fabuloso de la consciencia. Si cuando fuimos niños, hemos vivido situaciones demasiado dolorosas (abandono por parte de nuestra madre, desprecio, falta de amor, exigencias desmedidas, soledad o lo que sea) la conciencia “olvidará” esas escenas. Una vez borradas, podremos seguir viviendo. Sin embargo, las experiencias no desaparecen, sino que se alojan en un lugar invisible, que Freud llamó el “inconsciente” y que luego Jung llamó la “sombra”. Ese “lugar invisible” podemos imaginarlo como el “detrás del telón” del escenario de un teatro. Desde ese sitio escondido, hacen estragos. Por eso es importante –cuando estamos atravesando alguna crisis vital- tratar de recuperar “esos” recuerdos que traen información muy valiosa sobre lo que nos sucedió. Y reflexionar también sobre qué es lo que hicimos a partir de eso que nos sucedió. ¿Es importante recordar esas cosas? Sí, claro. Tan importante como caminar por las calles sin tener los ojos vendados. Andar ciegos respecto a todo aquello que nos ha acontecido nos deja inválidos. Por lo tanto, expuestos a todo tipo de accidentes emocionales. ¿Sirve evocar la propia infancia cuando tenemos hijos? Más que nunca. Porque no podremos comprender, percibir ni compadecer a un hijo; si antes no hemos retomado el contacto íntimo con el niño que hemos sido.
Laura Gutman.

miércoles, 3 de julio de 2013

LAURA GUTMAN: La conciencia sólo recuerda lo que es nombrado.

Muchas experiencias reales que nos han acontecido durante nuestra infancia no han sido nombradas, por lo tanto, para la conciencia no existen. Por ejemplo, supongamos que nos hemos dedicado a cuidar a nuestra madre, porque sufría de depresión. Hoy en día podemos recordar con lujo de detalles todos los infortunios de nuestra madre, ya que ella se ocupó de relatarlos a lo largo de los años. Pero curiosamente nuestra madre no ha sabido nada de nosotros, ni de nuestros sufrimientos acaecidos cuando fuimos niños. En esos casos, nuestra madre nombraba lo buenos y responsables que hemos sido, pero nadie ha nombrado nuestras carencias o necesidades no satisfechas, ni la sensación de no ser merecedores de cuidados. Para nuestros recuerdos conscientes, éramos niños buenos, educados, brillantes en la escuela, sin conflictos y hacendosos. Es decir, hemos incorporado una interpretación de nuestras actitudes o acciones concretas, que pueden estar bastante alejadas de lo que ha sido nuestra realidad emocional. En el caso de este ejemplo, la conciencia no reconoce nada relativo al desamparo ni a las necesidades del niño que hemos sido. Sólo “sistematiza” que éramos buenos y que mamá tenía muchos problemas. Esto no refleja toda la verdad. Pero aprendemos a interpretar la vida desde un punto de vista prestado -habitualmente desde el punto de vista de mamá-. Luego seguiremos alineando nuestras ideas en relación directa con el punto de vista de nuestra madre. De “ese” discurso dependerá si nos consideramos buenos o muy malos, si creemos que somos generosos, inteligentes o tontos, si somos astutos, débiles o perezosos.

Aquí tenemos un problema importante porque la conciencia sólo recuerda lo que es nombrado. Esto significa que, si nos acontece algo que nadie nombra, no lo recordaremos. Por ejemplo, podemos haber padecido abusos sexuales en nuestra infancia. Obviamente nadie dijo nada, en principio porque todos los adultos que había alrededor miraban para otro lado. Nadie nunca dijo: “están abusando de ti y eso es un horror”. Al contrario, lo que se dijo es “mamá tiene muchos problemas y no hay que hacer nada que la preocupe aún más”. O bien, “esto es un secreto, tienes suerte porque te amo, eres el más dulce de los niños del universo y por eso te he elegido”. Por lo tanto, incluso si nos ha acontecido algo bien concreto, algo doloroso, sufriente, lastimoso o hiriente; la conciencia no lo recordará. Porque no hubo palabras. Entonces tampoco hubo una “organización” del pensamiento. No fue posible “acomodarlo” en ningún estante mental ni emocional. Nos pasó algo pero es como si nunca hubiera pasado. Podemos tener sensaciones borrosas o confusas, pero recuerdos concretos, no. Luego crecemos y como “eso” nadie lo nombró, y uno mismo al ser niño tampoco sabía “con qué palabras explicarlo”, entonces “eso” dejó de existir.

Esto que parece inverosímil....es algo común y corriente. Podemos haber vivido algo y no recordarlo. Y al revés: podemos no haber vivido algo, y sin embargo, si ha sido nombrado por alguien importante durante nuestra infancia, recordarlo como si fuera una verdad incuestionable. Moraleja: nuestras opiniones no son confiables, sobre todo si son prestadas.
Laura Gutman.

lunes, 3 de junio de 2013

Enfermarse por Laura Gutman.

Paradójicamente, no hay nada más saludable que enfermar. Siempre y cuando estemos dispuestos a comprender cuál es el significado esencial de la enfermedad. Toda enfermedad es expresión del alma, por eso nos compete comprender el lenguaje de los síntomas. Caso contrario, pretenderemos suprimir el síntoma pero entonces nos quedaremos sin los mensajes más directos y claros de nuestro propio ser interior. No sirve matar al mensajero. Los mensajes -aunque no nos gusten- nos indican por donde tenemos que continuar el camino.

¿Acaso no hay que luchar contra las enfermedades? En verdad, sería ideal no combatir ninguna enfermedad, sino por el contrario comprenderla, ya que eso que se manifiesta en el cuerpo es reflejo de una parte de nosotros mismos. Claro que no es fácil. Por algo el dolor, la rabia, un obstáculo o un miedo insuperable no los hemos podido admitir en el pasado y lo hemos “relegado a la sombra”. Pasa que luego, eso que nos pasa vuelve a aparecer pero esta vez en el plano físico. Se hace visible. Se presenta bajo la forma de enfermedad en el cuerpo. Nuestra reacción automática será la de volver a rechazarla como si fuera algo que no nos pertenece. En esos casos, anhelamos tanto no enfrentarnos con esa porción de realidad, que creemos que suprimiendo el síntoma, desaparecerá el dolor emocional. Lamentablemente eso no sucede, sino por el contrario queda rezagado y se hace presente una y otra vez, incluso convirtiendo a la enfermedad en una dolencia crónica.

¿Pero entonces no es necesario atender la enfermedad corporal?. Sí, claro que vamos a tratar de disminuir el síntoma. Pero tengamos en cuenta que la supresión del síntoma no significa curación. Tenemos dos desafíos: aliviar el dolor por un lado y -además- formularnos aquellas preguntas que no tuvimos la fortaleza de plantearnos en el pasado. Preguntémonos qué nos impide y qué nos impone esta enfermedad y constataremos la alineación perfecta entre nuestro ser esencial y el síntoma. Esta investigación amorosa para vincular nuestro “yo interno” con nuestro “yo externo” requiere cierto entrenamiento, pero a medida que las piezas encajen con lo que sabemos que nos pasa, será un ejercicio cada vez más tangible.
Laura Gutman.

martes, 5 de febrero de 2013

Artículo de Laura Gutman.

El pulso dominador-dominado en las instancias individuales y sociales.

Cuando los adultos tenemos dificultades para ofrecer al niño aquello que el niño pide, nos corresponde revisar nuestro propio desamparo infantil en lugar de echarle la culpa a la criatura. El cálculo es sencillo: si tuvimos hambre (emocional) durante nuestra infancia, esa experiencia perdura en nuestro interior. Luego, cuando devenimos adultos y nos toca nutrir a otro (en este caso, al niño) no tenemos con qué. Entonces nos parece “desproporcionada” la demanda. Si durante nuestra infancia no sólo hemos sufrido desamparo y abandono, sino que además el nivel de violencia, abuso o represión sexual han minado nuestra capacidad de amar, obviamente, nuestros recursos emocionales a la hora de amar a otro -adulto o niño- se verán mucho más comprometidos.

Estos temas nos incumben a todos, ya que todos hemos nacido del vientre de una madre y aquello que nos ha acontecido con nuestra madre, ha determinado el devenir de nuestras vidas. Sobre todo si no estamos dispuestos a revisar aquello que nos pasó ni qué hemos hecho con eso que nos pasó, para tomar decisiones libres respecto a qué queremos seguir haciendo a partir de eso que nos pasó.

El desamparo, la violencia y la dominación de los deseos de los adultos por sobre los deseos de los niños, es intrínseco al Patriarcado, o sea, es propio de nuestra civilización. Es raro encontrar niños a quienes no les haya sucedido todo “eso”. Los mecanismos de dominación los hemos aprendido desde nuestras más tiernas infancias. Esas modalidades luego se multiplican en el seno de las familias, de los pueblos, de las ciudades y por supuesto dentro de las organizaciones de los Estados. Es sólo una cuestión de escala. Aquello que hacemos las personas en nuestras vidas privadas, se plasma en los vínculos colectivos. Nuestros modelos de relación en un formato individual son equivalentes a los funcionamientos en una escala social. Es lo mismo, pero con mayor envergadura. De hecho, la vida colectiva siempre es un reflejo de la sumatoria de vidas individuales.

Todas las comunidades ideamos un orden posible para gestionar la vida colectiva. Votemos a quien votemos, seamos más democráticos, socialistas, comunistas o liberales…haremos lo que seamos capaces de hacer como individuos. Justamente, como somos las personas que somos (es decir, niños desamparados y hambrientos) estableceremos sistemas de dominación. Luego -cuando accionamos en la vida pública- haremos lo mismo que en la vida privada.

Ahora bien, la forma más eficaz para “darnos cuenta” que estamos dentro de un pulso, ya sea de dominadores o de dominados, es revisando primero los “discursos engañados” individuales. Pero eso…se me ocurre que desentrañar el gran engaño global, sólo será posible cuando un puñado de algunos millones de personas emprendamos esa aventura. Individualmente.
Laura Gutman.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Navidad sin tanto derroche por Laura Gutman.

Celebrar la Navidad con menos recursos económicos.

La antigua costumbre de festejar las buenas noticias -compartiendo tradicionalmente buena comida y buena bebida- se ha ido transformando en una exagerada carrera por comprar objetos y regalos de todo tipo. Muchos de nosotros somos víctimas de una modalidad instalada de la que no sabemos cómo escapar. Compramos porque todos esperan recibir, porque corresponde, porque somos buenos padres, buenos hermanos, buenos hijos o buenos yernos. Compramos y nos endeudamos y dedicamos días enteros tratando de satisfacer posibles deseos ajenos. Paradójicamente, las crisis económicas como las que estamos viviendo, pueden acercarnos un lado positivo. Es verdad que la primera sensación es de escasez y limitaciones incómodas. Sin embargo, podemos convertir esta situación externa en una experiencia con matices interesantes. Si este año no hay tanta disponibilidad de dinero, no es necesariamente algo malo: Los encuentros entre seres queridos son gratuitos. La meditación o las propuestas para vivir entre adultos y niños alguna experiencia enriquecedora en términos espirituales, también son gratuitas. Conversar entre todos sobre nuestra realidad emocional, familiar, económica o financiera para decidir en conjunto cómo celebraremos las fiestas, nos puede ofrecer un grado de intimidad y acercamiento desconocido hasta entonces.

Todo lo que el dinero y el consumo tapa, la falta de dinero deja al descubierto. Es verdad que pueden aparecer miserias y egoísmos pasados, pero también podemos poner sobre la mesa las buenas intenciones para mejorar los vínculos. En estos casos, los niños serán los principales beneficiados. Porque no es verdad que los niños esperan juguetes. Los niños esperan ser amados. Si eso sucede, pueden comprender que esta vez no habrá regalos o que serán pocos, si en compensación recibirán propuestas afectivas diferentes.

Cuando nosotros fuimos niños, había menos consumo y menos disponibilidad de dinero que en la actualidad; y aún así recordamos momentos colmados de magia. Si pudiéramos relatar a los niños cómo vivíamos las fiestas, podremos lograr que los encuentros entre los seres queridos valgan la pena.

Por eso, en lugar de lamentarnos por todo lo que no podemos comprar en este momento, o bien si sentimos el hartazgo por tanto ruido y estrés; aprovechemos la oportunidad. Conversemos con los niños y escuchemos cómo imaginan ellos pasar las fiestas sin gastar dinero. Nos sorprenderemos de la creatividad y buena voluntad que los niños tienen para derrochar.

 
Laura Gutman.

domingo, 13 de mayo de 2012

Artículo de Laura Gutman.

Laura Gutman


Abuso materno: el niño como fruto codiciado   

Si no hemos sido suficientemente amados ni nutridos por nuestra madre…creceremos con la esperanza permanente de que alguien nos alimente. A medida que vamos encarando relaciones personales durante la juventud o adultez, funcionarán siempre y cuando el otro satisfaga nuestras necesidades infantiles no satisfechas en el pasado, valga la redundancia. Por ejemplo, me enamoré de Fulano porque me daba seguridad. Me gustó Mengana porque yo era lo más importante en su vida. Esta ilusión, basada en  que el otro se va a convertir en una Madre Dadora, suele ser el pulso básico en la mayoría de las relaciones afectivas. ¿Por qué? Porque todos nosotros provenimos de lamentables infancias de carencias diversas.La cosa se complica cuando nace un niño. Si a ese niño le ha tocado una madre como cualquiera de nosotras, es decir, alguien que necesita alimentarse de amor y que padece hambre emocional, ese niño será el bocado perfecto. La criatura aparece cuando las demás personas (pareja, amigos/as, familiares) ya no están dispuestos a seguir respondiendo a nuestras demandas insaciables. Se van. Trabajan. Hacen su vida. ¿De quien podemos nutrirnos entonces? De nuestro/a hijo/a, claro. El niño no puede escapar. ¿a dónde va a ir?. Si las madres precisamos que nuestro hijo nos mire, nos admire, nos dé la razón, nos cuide, nos proteja, nos justifique, nos comprenda y nos haga sentir orgullosas…la criatura, por supuesto, lo hará. Ya que no hay nada más importante en la vida de un niño pequeño, que su madre.


Este es el mayor drama, a mi juicio. El niño -que debería llegar al mundo para ser protegido y amparado por nosotras, sus madres- apenas sea capaz, se verá obligado a proteger nuestros aspectos más infantiles. ¿Cómo lo sabemos? Evoquemos nuestras infancias. Es muy probable que recordemos con lujo de detalles los anhelos de mamá, las preocupaciones de mamá, las quejas de mamá, los sueños inalcanzables de mamá. ¿qué recordamos de nosotros mismos? Casi nada. O aquello que mamá ha dicho respecto a nuestras conductas. Si mamá sufría, si mamá no tenía plata, si papá le pegaba, si a mamá la engañaban, si a mamá la habían criado las monjas, si la abuela paterna era una bruja, si papá no la dejaba trabajar; o bien, si mamá tenía que trabajar mucho, si nunca tenía tiempo para nosotros, si se sacrificaba, si viajaba, si su vida era muy dura, si había tenido un aborto, si sufría depresiones, si estaba enferma….quedaba establecido que nosotros teníamos que apoyarla. ¿Cuál era el problema? Que hemos crecido en un ámbito en el cual no pudimos desplegar nuestros propios deseos, porque los de mamá inundaron todo el espacio disponible.


Este panorama, suele ser similar tanto si se trata de hijos varones como de hijas mujeres. Estamos hablando de abuso emocional materno. El abuso materno suele ser invisible y confuso. Es preciso reconocer si hemos sido succionados por nuestra madre, para comprender los niveles de desvitalización, sometimiento, falta de vocación o distancia respecto a nuestras potencialidades. Y para registrar la dimensión de nuestro hambre emocional y saber si estamos devorando a un otro.

Laura Gutman.

lunes, 30 de abril de 2012

Laura Gutman: El discurso del YO engañado.


Laura Gutman


El discurso del “yo engañado”


Al construir nuestra biografía humana, aparece una dificultad común: hablamos desde nuestro lugar de identidad, que tiene elaborado un discurso engañado, liderado por nuestro “yo consciente” o personaje. Ese es un obstáculo, ya que el “personaje” es ciego, se da la razón a sí mismo.  El “yo engañado” no toma en cuenta ninguna otra perspectiva, por eso, entre todos los “yoes”, es el que menos comprende cómo son las cosas objetivamente. El “yo engañado” tiene miedo de asomarse al otro lado, porque sabe que tendrá que quitarse las máscaras que lo mantienen calentito en su refugio de cristal. Básicamente, en el armado de una biografía humana –con el que pretendemos buscar material sombrío- aquello que decimos, es decir, lo que el “yo engañado” proclama,  no interesa. Es información que el terapeuta estará obligado a descartar.


De hecho, la función del terapeuta es mostrar los beneficios y también las desventajas de cada personaje, porque el costo es algo que sentimos pero que no podemos detectar con claridad. Otro objetivo interesante es que nos ayude a traer la voz del otro, sea quien sea ese otro: nuestro hijo, partenaire, vecino, compañero de trabajo o ex suegra; y agregar ese punto de vista. Una vez que todos tienen voz y voto en el armado de nuestro escenario y observando el panorama completo en el que estamos involucrados, preguntaremos: “¿Y ahora qué hago?”. La respuesta honesta de nuestro guía será: “no lo sé”.


Lo que sí puede hacer el terapeuta es ayudarnos a trazar algún camino que sea integrador de la sombra. Para eso, es preciso entender nuestro personaje (que en verdad es nuestro mejor refugio), comprender la necesidad de permanecer allí escondidos, los peligros que nos puede acarrear el salir de nuestra cueva, los desafíos que tenemos por delante y los puntos de vista de nuestros hijos, de nuestro cónyuge, de nuestros empleados o de nuestros enemigos (si los tenemos). Sólo entonces podremos decidir si moveremos alguna pieza o no, a favor de todos. Esa es una decisión personal y no le compete al terapeuta. En todo caso, si decidimos arriesgarnos y cambiar, el terapeuta podrá acompañar esos movimientos.


¿Es así de fácil? ¿Se construye la biografía humana  y luego ya somos capaces de hacer movimientos que nos traigan mayor felicidad? No. Pero -desde mi punto de vista- no podemos pretender encontrar soluciones a nuestros problemas sin saber primero, cuál es el personaje que actuamos, sin tener claro el discurso de nuestro “yo engañado”, sin comprender por boca de quién hablamos, ni el nivel de miedo frente al abismo de abandonar el refugio que nos da identidad.


La metodología para la construcción de la biografía humana con la intención permanente de revisar los discursos engañados, requiere entrenamiento, arte, empatía y experiencia. Es un trabajo ingrato. Porque generalmente los terapeutas nos encontramos con realidades mucho más hostiles, violentas, inhumanas y feroces de lo que imaginaban los consultantes antes de iniciar este proceso. Estamos en condiciones de asegurar a quienes deseen emprender este camino, que buscar sombra siempre es doloroso. Pero permanecer ciegos duele mucho más.




Este libro me ha entusiasmado. Me he leído todos sus libros, pero este especialmente me ha llegado mucho. Habla, principalmente, sobre todas esas cosas que no fueron nombradas en nuestra infancia. Según Laura lo que no se nombró no existió y ese es precisamente nuestro trabajo de hoy: Saber quienes somos realmente y averiguar qué parte de nosotros somos realmente y que otra parte la que otros proyectaron... No deja indiferente a nadie.